viernes, 30 de abril de 2010

Pragmática

Dieter Rams

Dieter Rams (20 de mayo de 1932, Wiesbaden Alemania - ) es un diseñador industrial alemán, cercanamente asociado a la compañía de productos de consumo Braun. Rams fue una figura clave en el renacimiento del diseño Funcionalista alemán (la Gute form) de finales de la década de 1950s y 1960s. Cuando se convierte eventualmente en el jefe del equipo de diseño de la Braun, Rams influyó enormemente en la dirección estilística de la marca, llevándola a un Racionalismo que pronto caracterizaría los productos y la identidad de la compañía.

Rams explica su visión y aproximación al diseño según una frase muy famosa: "Weniger, aber besser" que en alemán significa "Menos, pero mejor". Rams y su equipo diseñaron muchos productos memorables de Braun, incluyendo el famoso grabador-reproductor SK-4 y el proyector de diapositivas 35mm de alta calidad D45, D46. También es conocido por el diseño del Sistema de Estanterías Universal 606, para Vitsœ en 1960. Muchos de sus diseños (Elegantes cafeteras, calculadoras, radios, equipamiento audiovisual, electrodomésticos de consumo, y productos de oficina) han encontrado un sitio permanente en varios museos del mundo, incluyendo el MoMA de Nueva York. Dieter Rams ha prestado servicios para Braun A.G. durante más de 30 años hasta su retiro en 1998.

Para los amantes del diseño Apple les sugiero revisar:
Radio T3 (1958) => iPod
Parlante LE1 (1959) => iMac
Radio T1000 (1965) => PowerMac G5
Televisor (post 1967) => iMac

Los diez principios del buen diseño, según Dieter Rams

  • El buen diseño es innovador
  • El buen diseño hace útil a un producto
  • El buen diseño es estético
  • El buen diseño ayuda a entender un producto
  • El buen diseño no molesta
  • El buen diseño es honesto
  • El buen diseño es duradero
  • El buen diseño es minucioso hasta el último detalle
  • El buen diseño se preocupa por el medio ambiente
  • El buen diseño es tan poco diseño como sea posible
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Annie dice:

Así de fácil, así de rico.

miércoles, 21 de abril de 2010

lunes, 19 de abril de 2010

Elisabeth Kübler-Ross

Psiquiatra que en sus últimos años se interesó por la experiencia cercana a la muerte, las experiencias extracorporales y los médiums, lo que fue bastante escandaloso y conllevó ataques en sus centros.


"Cuando hemos realizado la tarea que hemos venido a hacer en la Tierra, se nos permite abandonar nuestro cuerpo, que aprisiona nuestra alma al igual que el capullo de seda encierra a la futura mariposa.abandonar nuestro cuerpo, que aprisiona nuestra alma al igual que el capullo de seda encierra a la futura mariposa.


Llegado el momento, podemos marcharnos y vernos libres del dolor, de los temores y preocupaciones; libres como una bellísima mariposa, y regresamos a nuestro hogar, a Dios. Tal vez esta introducción sea de utilidad. Durante años me ha perseguido la mala reputación. La verdad es que me han acosado personas que me consideran la Señora de la Muerte y del Morir.

Creen que el haber dedicado más de tres decenios a investigar la muerte y la vida después de la muerte me convierte en experta en el tema. Yo creo que se equivocan. La única realidad incontrovertible de mi trabajo es la importancia de la vida. Siempre digo que la muerte puede ser una de las más grandiosas experiencias de la vida. Si se vive bien cada día, entonces no hay nada que temer.

Desde donde estoy sentada en estos momentos, en la sala de estar llena de flores de mi casa en Scottsdale (Arizona), contemplo mis 70 años de vida y los considero extraordinarios. Cuando era niña, en Suiza, jamás, ni en mis sueños más locos —y eran realmente muy locos—, habría pronosticado que llegaría a ser la famosa autora de Sobre la muerte y los moribundos, una obra cuya exploración del último tránsito de la vida me situó en el centro de una polémica médica y teológica. Jamás me habría imaginado que después me pasaría el resto de la vida explicando que la muerte no existe.

Según la idea de mis padres, yo tendría que haber sido una simpática y devota ama de casa suiza. Pero acabé siendo una psiquiatra, escritora y conferencista del suroeste de Estados Unidos, que se comunica con espíritus de un mundo que creo es mucho más acogedor, amable y perfecto que el nuestro. Creo que la medicina moderna se ha convertido en una especie de profeta que ofrece una vida sin dolor. Eso es una tontería. Lo único que a mi juicio sana verdaderamente es el amor incondicional.

Algunas de mis opiniones son muy poco ortodoxas. Por ejemplo, durante los últimos años he sufrido vanas embolias, entre ellas una de poca importancia justo después de la Navidad de 1996. Mis médicos me aconsejaron, y después me suplicaron, que dejara el tabaco, el café y los chocolates. Pero yo continúo dándome esos pequeños gustos. ¿Por qué no? Es mi vida. Así es como siempre he vivido. Si soy terca e independiente, si estoy apegada a mis costumbres, si estoy un poco desequilibrada, ¿qué más da? Así soy yo. De hecho, las piezas que componen mi existencia no parecen ensamblarse bien. Pero mis experiencias me han enseñado que no existen las casualidades en la vida. Las cosas que me ocurrieron tenían que ocurrir.

En 1985, después de anunciar mi intención de adoptar a bebés infectados por el sida, me convertí en la persona más despreciada de todo el valle Shenandoah, y aunque pronto renuncié a mis planes, un grupo de hombres estuvo haciendo todo lo posible, excepto matarme, para obligarme a marcharme. Disparaban hacia las ventanas de mi casa y mataban a tiros a mis animales. Me enviaban mensajes amenazadores que me hicieron desagradable y peligrosa la vida en ese precioso paraje. Pero aquél era mi hogar, y obstinadamente me negué a hacer las maletas. Viví casi diez años en la granja de Head Waters en Virginia. La granja era justo lo que había soñado, y para hacerla realidad invertí en ella todo el dinero ganado con los libros y conferencias. Construí mi casa, una cabana cercana y una alquería. Construí también un centro de curación donde daba seminarios, reduciendo así el tiempo dedicado a mi ajetreado programa de viajes. Tenía el proyecto de adoptar a bebés infectados por el sida, para que disfrutaran de los años de vida que les quedaran, los que fueran, en plena naturaleza.

Ahí se trabajaba de verdad. El contacto con la tierra, el agua y el sol, que son la materia de la vida, me dejó las manos mugrientas. Mi alma estaba allí.

Entonces, el 6 de octubre de 1994 me incendiaron la casa. Se quemó toda entera, hasta el suelo, y fue una pérdida total para mí. El fuego destruyó todos mis papeles. Todo lo que poseía se transformó en cenizas.

Atravesaba a toda prisa el aeropuerto de Baltimore a fin de coger un avión para llegar a casa cuando me enteré de que ésta estaba en llamas. El amigo que me lo dijo me suplicó que no fuera allí todavía. Pero toda mi vida me habían dicho que no estudiara medicina, que no hablara con pacientes moribundos, que no creara un hospital para enfermos de sida en la cárcel, y cada vez, obstinadamente, yo había hecho lo que me parecía correcto y no lo que se esperaba que hiciera. Esa vez no sería diferente.

Me preparé una taza de café, encendí un cigarrillo y me puse a pensar en la tremenda pérdida que representaban para mí los objetos carbonizados en ese horno ardiente que en otro tiempo fuera mi casa. Era algo aniquilador, pasmoso, incomprensible. Entre lo que había perdido estaban los diarios que llevaba mi padre desde que yo era niña, mis papeles y diarios personales, unos 20.000 historiales de casos relativos a mis estudios sobre la vida después de la muerte, mi colección de objetos de arte de los indios norteamericanos, fotografías, ropa, todo. No sabía cómo reaccionar, si llorar, gritar, levantar los puños contra Dios, o simplemente quedarme con la boca abierta ante la férrea intromisión del destino. La adversidad sólo nos hace más fuertes. Era decidir no seguir más en esa agonía y ponerme a trabajar en lo que no se habia incendiado: Mi vida.

Cuanto más aprendemos, más difíciles se ponen las lecciones. Aquélla era una de esas ocasiones, una de las lecciones. Dado que no servía de nada negar la pérdida, la acepté. ¿Qué otra cosa podía hacer? En todo caso, era sólo un montón de objetos materiales, y por muy importante o sentimental que fuera su significado, no eran nada comparados con el valor de la vida. Yo estaba ilesa, mis dos hijos, Kenneth y Barbara, ambos adultos, estaban vivos. Unos estúpidos habían logrado quemarme la casa y todo lo que había dentro, pero no podían destruirme a mí.

Cuando se aprende la lección, el dolor desaparece.

¿Conoceríamos el goce de la paz sin la angustia de la guerra? Si no fuera por el sida, ¿nos daríamos cuenta de que el mundo está en peligro? Si no fuera por la muerte, ¿valoraríamos la vida? Si no fuera por el odio, ¿sabríamos que el objetivo último es el amor? Me gusta decir que "Si cubriéramos los desfiladeros para protegerlos de los vendavales, jamás veríamos la belleza de sus formas".

En esos momentos uno puede quedarse en la negatividad y buscar a quién culpar, o puede elegir sanar y continuar amando. Puesto que creo que la única finalidad de la existencia es madurar, no me costó escoger la alternativa. Así pues, a los pocos días del incendio fui a la ciudad, me compré una muda de ropa y me preparé para afrontar cualquier cosa que pudiera ocurrir a continuación.

Durante toda la vida se nos ofrecen pistas que nos recuerdan la dirección que debemos seguir. Si no prestamos atención, tomamos malas decisiones y acabamos con una vida desgraciada. Si ponemos atención aprendemos las lecciones y llevamos una vida plena y feliz, que incluye una buena muerte.

El mayor regalo que nos ha hecho Dios es el libre albedrío, que coloca sobre nuestros hombros la responsabilidad de adoptar las mejores resoluciones posibles.

A los 12 años y al dejarme una tarea sobre a que queria dedicarme cuando fuera grande escribí: "Deseo descubrir la finalidad de la existencia."

Las preguntas de mi infancia eran: ¿por qué nací trilliza sin una clara identidad propia? ¿Por qué era tan duro mi padre? ¿Por qué mi madre era tan cariñosa? Tenían que ser así. Eso formaba parte del plan. Creo que toda persona tiene un espíritu o ángel guardián. Ellos nos ayudan en la transición entre la vida y la muerte y también a elegir a nuestros padres antes de nacer. Mis padres eran una típica pareja conservadora de clase media alta de Zúrich. Sus personalidades demostraban la verdad del viejo axioma de que los polos opuestos se atraen. Mi padre, director adjunto de la empresa de suministros de oficinas más importante de la ciudad, era un hombre fornido, serio, responsable y ahorrador. Sus ojos castaño oscuro sólo veían dos posibilidades
en la vida: su idea y la idea equivocada. Pero también tenía un enorme entusiasmo por la vida. Nos dirigía en los cantos alrededor del piano familiar y le encantaba explorar las maravillas del paisaje suizo. Miembro del prestigioso Club de Esquí de Zúrich, era el hombre más feliz del mundo cuando iba de excursión, escalaba o
esquiaba en las montañas. Ese amor a la naturaleza se lo transmitió a sus hijos. Mi madre era esbelta, bronceada y de aspecto sano, aunque no participaba en las actividades al aire libre con el mismo entusiasmo de mi padre. Menuda y atractiva, era un ama de casa práctica y orgullosa de sus habilidades. Era una excelente cocinera. Ella misma confeccionaba gran parte de su ropa, tejía mullidos suéters, tenía la casa ordenada y limpia, y cuidaba de un jardín que atraía a muchos admiradores. Era valiosísima para el negocio de mi padre. Después de que naciera mi hermano, se consagró a ser una buena madre. Pero deseaba tener una preciosa hijita para completar el cuadro. Sin ninguna dificultad quedó embarazada por segunda vez.

Cuando el 8 de julio de 1926 le comenzaron los dolores del parto, oró a Dios pidiéndole una chiquitína regordeta a la cual pudiera vestir con ropa para muñecas. La doctora B., tocóloga de edad avanzada, la asistió durante los dolores y contracciones. Mi padre, que estaba en la oficina cuando le comunicaron el estado de mi madre, llegó al hospital en el momento en que culminaba la espera de nueve meses. La doctora se agachó y cogió a un bebé pequeñísimo, el recién nacido más diminuto que los presentes en la sala de partos habían visto venir al mundo con vida.

Esa fue mi llegada; pesé 900 gramos. La doctora se sorprendió ante mi tamaño, o mejor dicho ante mi falta de tamaño; parecía un ratoncito. Nadie supuso que sobreviviría. Pero en cuanto mi padre oyó mi primer vagido, se precipitó al pasillo a llamar a su madre, Frieda, para informarle de que tenía otro nieto. Cuando volvió a entrar en la habitación, le sacaron de su error.

- En realidad Frau Kübler ha dado a luz a una hija —le dijo la enfermera.

Le explicaron que muchas veces resulta difícil establecer el sexo de los bebés tan pequeñitos. Así pues, volvió a correr hacia el teléfono para decir a su madre que había nacido su primera nieta.

- La vamos a llamar Ehsabeth —le anunció orgulloso.

Cuando volvió a entrar en la sala de partos para confortar a mi madre se encontró con otra sorpresa. Acababa de nacer una segunda hija, tan frágil como yo, de 900 gramos. Después de dar la otra buena noticia a mi abuela, mi padre vio que mi madre continuaba con muchos dolores. Ella juraba que aún no había terminado, que iba a dar a luz otro bebé. Para mi padre aquella afirmación era fruto del agotamiento y, un poco a regañadientes, la anciana y experimentada doctora le dio la razón. Pero de pronto mi madre empezó a tener más contracciones. Comenzó a empujar y al cabo de unos momentos nació una tercera hija. Esta era grande, pesaba 2,900 kilos, triplicaba el peso de cada una de las otras dos, y tenía la cabecita llena de rizos. Mi agotada madre estaba emocionadísima. Por fin tenía a la niñita con la que había soñado esos nueve meses. La anciana doctora B. se creía clarividente. Nosotras éramos las primeras trillizas cuyo nacimiento le había tocado asistir. Nos miró detenidamente las caras y le hizo a mi madre los vaticinios para cada una. Le dijo que Eva, la última en nacer, siempre sería la que estaría "más cerca del corazón de su madre", mientras
que Erika, la segunda, siempre "elegiría el camino del medio". Después la doctora B. hizo un gesto hacia mí, comentó que yo les había mostrado el camino a las otras dos y añadió: —Jamás tendrá que preocuparse por ésta. Al día siguiente todos los diarios locales publicaban la emocionante noticia del nacimiento de las trillizas Kübler. Mientras no vio los titulares, mi abuela creyó que mi padre había querido gastarle una broma tonta. La celebración duró varios días. Sólo mi hermano no participó del entusiasmo: sus días de principito encantado habían acabado bruscamente. Se vio sumergido bajo un alud de pañales. Muy pronto estaría empujando un pesado coche por las colinas u observando a sus tres hermanitas sentadas en orinales idénticos. Estoy segurísima de que la falta de atención que sufrió explica su posterior distanciamiento de la familia.

Para mí era una pesadilla ser trilliza. No se lo desearía ni a mi peor enemigo. Éramos iguales, recibíamos los mismos regalos, las profesoras nos ponían las mismas notas; en los paseos por el parque los transeúntes preguntaban cuál era cuál, y a veces mi madre reconocía que ni siquiera ella lo sabía.

Era una carga psíquica pesada de llevar. No sólo nací siendo una pizca de 900 gramos con pocas probabilidades de sobrevivir, sino que además me pasé toda la infancia tratando de saber quién era yo.

Siempre me pareció que tenía que esforzarme diez veces más que todos los demás y hacer diez veces más para demostrar que era digna de... algo, que merecía vivir. Era una tortura diaria. Sólo cuando llegué a la edad adulta comprendí que en realidad eso me benefició. Yo misma había elegido para mí esas circunstancias antes de venir al mundo. Puede que no hayan sido agradables, puede que no hayan sido las que deseaba, pero fueron las que me dieron el aguante, la determinación y la energía para todo el trabajo que me aguardaba.

Un día me enteré de que en el zoológico de Zúrich se había inaugurado una exposición africana y decidí ir a verla con mis propios ojos. Cogí el tren, algo que había hecho en muchas ocasiones con mis padres, y no tuve ninguna dificultad para encontrar el zoo. Allí presencié la actuación de los tambores africanos, que tocaban unos ritmos de lo más hermosos y exóticos. Mientras tanto, toda la ciudad de Meiden se había echado a la calle buscando a la traviesa fugitiva Kübler. Nada sabía yo de la inquietud que había creado cuando esa noche entré en mi casa. Pero recibí el conveniente castigo.

Por esa época, recuerdo también haber asistido a una carrera de caballos con mi padre. Como era tan pequeña, me hizo ponerme delante de los adultos para que tuviera una mejor vista. Estuve toda la tarde sentada en la húmeda hierba de primavera. Pese a que sentía un poco de frío, continúe allí instalada para disfrutar de la cercanía de esos hermosos caballos.

Poco después cogí un resfriado. Lo siguiente que recuerdo es que una noche desperté totalmente desorientada, caminando por el sótano. Allí me encontró mi madre, que me llevó al cuarto de invitados, donde podría vigilarme. Estaba delirando de fiebre. El resfriado se convirtió rápidamente en pleuresía y después en neumonía. Yo sabía que mi madre estaba resentida con mi padre por haberse marchado a esquiar unos días, dejándola sola con su agotador trío de niñas y su hijo todavía pequeño.

A las cuatro de la mañana se me disparó aún más la fiebre y mi madre decidió actuar. Llamó a una vecina para que cuidara de mi hermano y hermanas y le pidió al señor H., uno de los pocos vecinos que tenía coche, que nos llevara al hospital. Me envolvió en mantas y me sostuvo en brazos en el asiento de atrás mientras el señor H. conducía a gran velocidad hasta el hospital para niños de Zúrich.

Ésa fue mi introducción a la medicina hospitalaria, que lamentablemente se me grabó en la memoria por su carácter desagradable. La sala de reconocimiento estaba fría, nadie me dijo una sola palabra, ni siquiera un saludo, un "hola, cómo estás", nada. Una doctora apartó las mantas de mi cuerpo tembloroso y procedió a desvestirme rápidamente. Le pidió a mi madre que saliera de la sala.  Entonces me pesaron, me examinaron, me punzaron, me exploraron, me pidieron que tosiera; buscando la causa de mi problema me trataron como a un objeto, no como a una niña pequeña. Lo siguiente que recuerdo es haber despertado en una habitación desconocida. En realidad, se parecía más a una jaula de cristal, o a una pecera. No había ventanas, el silencio era absoluto. La luz del techo permanecía encendida las veinticuatro horas del día. Durante las semanas siguientes una sene de personas en bata de laboratorio estuvo entrando y saliendo sin decir ni una palabra ni dirigirme una sonrisa amistosa.

Había otra cama en la pecera. La ocupaba una niña unos dos años mayor que yo. Se veía muy frágil y tenía la piel tan blanca que parecía translúcida. Me hacía pensar en un ángel sin alas, un pequeño ángel de porcelana. Nadie la iba a visitar jamás. La niña alternaba momentos de consciencia e inconsciencia, así que nunca llegamos a hablar. Pero nos sentíamos muy a gusto juntas, relajadas y en confianza; nos mirábamos a los ojos durante períodos de tiempo inconmensurables. Era nuestra manera de comunicarnos; teníamos largas e interesantes conversaciones sin emitir el menor sonido. Constituía una simple transmisión de pensamientos. Lo único que teníamos que hacer era abrir los ojos y comenzar la comunicación. Dios mío, cuánto había que decir.

Un día, poco antes de que mi enfermedad diera un giro drástico, me desperté de un sopor poblado de sueños y al abrir los ojos vi que mi compañera de cuarto me estaba esperando con la vista fija en mí. Entonces tuvimos una conversación muy hermosa, conmovedora y osada. Mi amiguita de porcelana me dijo que esa noche, de madrugada, se marcharía. Yo me preocupé.

- No pasa nada —me dijo—. Hay ángeles esperándome.

Esa noche noté que se removía más de lo habitual. Cuando traté de atraer su atención, continuó mirando como sin verme, o tal vez mirando a través de mí.

- Es importante que sigas luchando —me explicó—. Vas a mejorar. Vas a volver a tu casa con tu familia.

Yo me alegré, pero repentinamente me sentí angustiada. - ¿Y tú? —le pregunté.

Me dijo que su verdadera familia estaba "al otro lado", y me aseguró que no había de qué preocuparse. Nos sonreímos y volvimos a dormirnos. Yo no sentía ningún temor por el viaje que mi amiga iba a emprender. Ella tampoco. Me parecía algo tan natural como que el sol se ponga por la noche y sea reemplazado por la luna. A la mañana siguiente vi que la cama de mi amiga estaba desocupada. Ninguno de los médicos ni enfermeras hizo el menor comentario sobre su partida, pero en mi interior yo sonreí, sabiendo que antes de marcharse había confiado en mí. Tal vez yo sabía más que ellos. Desde luego nunca he olvidado a mi amiguita que aparentemente murió sola pero que, estoy segura, estaba atendida por personas de otra dimensión. Sabía que se había marchado a un lugar mejor.En cuanto a mí, no estaba tan segura. Odiaba a la doctora. La consideraba culpable por no dejar que mis padres se me acercaran y sólo pudieran mirarme desde el otro lado de los cristales de las ventanas. Me miraban desde fuera y lo que yo necesitaba desesperadamente era un abrazo. Deseaba escuchar sus voces; deseaba sentir la tibia piel de mis padres y oír reír a mis hermanas. Ellos apretaban las caras contra el cristal. Me enseñaban dibujos enviados por mis hermanas, me sonreían y me hacían gestos con las manos. En eso consistieron sus visitas mientras estuve en el hospital. Mi único placer era quitarme la piel muerta de los labios cubiertos de ampollas. Era agradable, y
además enfurecía a la doctora. Cada dos por tres me golpeaba la mano y me amenazaba con atarme los brazos si no dejaba de quitarme la piel de los labios. Desafiante y aburrida yo continué haciéndolo; no podía refrenarme; era la única diversión que tenía. Pero un día, después de que se marcharan mis padres, entró esa cruel doctora en la habitación, me vio la sangre en los labios y me ató los brazos para que no pudiera volver a tocarme la cara. Entonces utilicé los dientes; los labios no paraban de sangrarme. La doctora me detestaba por ser una niña terca, rebelde y desobediente. Pero yo no era nada de eso; estaba enferma, me sentía sola y ansiaba el calor del contacto humano. Solía frotarme uno con otro los pies y piernas para sentir el consolador contacto de la piel humana. Ésa no era manera de tratar a una niña enferma, y sin duda había niños mucho más enfermos que yo que lo pasarían aún peor.

Una mañana se reunieron varios médicos alrededor de mi cama y conversaron en murmullos acerca de que necesitaba una transfusión de sangre. Al día siguiente muy temprano entró mi padre en mi desolada habitación y con aspecto ufano y heroico me anunció que iba a recibir un poco de su "buena sangre gitana". De pronto se me iluminó la habitación. Nos hicieron tendernos en dos camillas contiguas y nos insertaron sendos tubos en los brazos. El aparato de succión y bombeo de sangre se accionaba manualmente y parecía un molinillo de café. Mi padre y yo contemplábamos los tubos rojos. Cada vez que movían la palanca salía sangre del tubo de mi padre y entraba en el mío.

- Esto te va a sacar del pozo —me animó—. Pronto podrás venir a casa.

Lógicamente yo creí cada una de sus palabras. Cuando acabó la transfusión me deprimí al ver que mi padre se levantaba y se marchaba, y volvía a quedarme sola. Pero pasados unos días me bajó la fiebre y se me calmó la tos. Entonces, una mañana volvió a aparecer mi padre, me ordenó que bajara mi flaco cuerpo de la cama y fuera por el pasillo hasta un pequeño vestuario. —Allí te espera una pequeña sorpresa —me dijo. Aunque las piernas me temblaban, mi ánimo eufórico me permitió recorrer el pasillo, al final del cual me imaginaba que estarían esperándome mi madre y mis hermanas para darme una sorpresa. Pero al entrar me encontré en un cuarto vacío. Lo único que había era una pequeña maleta de piel. Mi padre asomó la cabeza y me dijo que abriera la maleta y me vistiera rápidamente. Me sentía débil, tenía miedo de caerme y dudaba de tener fuerzas para abrir la maleta. Pero no quería desobedecer a mi padre y tal vez perder la oportunidad de volver a casa con él.

Hice acopio de todas mis fuerzas para abrir la maleta, y allí encontré la mejor sorpresa de mi vida. Estaba mi ropa muy bien dobladita, obra de mi madre, por supuesto, y encima de todo, ¡una muñeca negra! Era el tipo de muñeca negra con que había soñado durante meses. La cogí y me eché a llorar. Jamás antes había tenido una muñeca que fuera sólo mía; nada. No había ni un juguete ni una prenda de ropa que no compartiera con mis hermanas. Pero esa muñeca negra era ciertamente mía, toda mía, claramente distinguible de las muñecas blancas de Eva y de Erika. Me sentí tan feliz que me entraron deseos de bailar, y lo habría hecho si mis piernas me lo hubieran permitido.

Una vez en casa, mi padre me subió en brazos a la habitación y me puso en la cama. Durante las semanas siguientes sólo me aventuraba a salir hasta la cómoda tumbona del balcón, donde me instalaba, con mi preciada muñeca negra en los brazos para calentarme al sol y contemplar admirada los árboles y las flores donde jugaban mis hermanas. Me sentía tan feliz de estar en casa que no me importaba no poder jugar con ellas. Lamenté perderme el comienzo de las clases, pero un día soleado se presentó en casa mi profesora predilecta, Frau Burkli, con toda la clase. Se reunieron bajo mi balcón y me dieron una serenata entonando mis alegres canciones favoritas. Antes de marcharse, mi profesora me entregó un precioso oso negro lleno de las más deliciosas trufas de chocolate, que devoré a una velocidad récord.

A paso lento pero seguro volví a la normalidad. Como comprendería mucho más adelante, mucho después de haberme convertido en uno de esos médicos de hospital de bata blanca, mi recuperación se debió en gran parte a la mejor medicina del mundo, a los cuidados y el cariño que recibí en casa, y también a los ricos chocolates.


Tuve suerte en la escuela. Mi interés por las matemáticas y la literatura me convirtió en uno de esos escasos niños a los que les gusta ir a la escuela. Pero no reaccioné así frente a las clases obligatorias y semanales de religión. Fue una pena, porque ciertamente sentía inclinación por lo espiritual. Pero el pastor R., que era el ministro protestante del pueblo, enseñaba las Sagradas Escrituras los domingos de un modo que sólo inspiraba miedo y culpabilidad, y yo no me identificaba con "su" Dios.

Era un hombre insensible, brutal y rudo. Sus cinco hijos, que sabían lo poco cristiano que era en realidad, llegaban a la escuela hambrientos y con el cuerpo cubierto de cardenales. Los pobres se veían cansados y macilentos. Nosotros les guardábamos bocadillos para que desayunaran en el recreo, y les poníamos suéteres y cojines en los bancos de madera del patio para que pudieran aguantar sentados. Finalmente sus secretos familiares se filtraron hasta el patio de la escuela: cada mañana su muy reverendo padre les propinaba una paliza con lo primero que encontraba a mano.

En lugar de echarle en cara su comportamiento cruel y abusivo, los adultos admiraban sus sermones elocuentes y teatrales, pero todos los niños que estábamos sometidos a su tiránico modo de enseñar lo conocíamos mejor. Un suspiro durante su charla, o un ligero movimiento de la cabeza y ¡zas!, te caía la regla sobre el brazo, la cabeza, la oreja, o recibías un castigo.

Perdió totalmente mi aprecio, como la religión en general, el día en que le pidió a mi hermana Eva que recitara un salmo. La semana anterior habíamos memorizado el salmo, y Eva lo sabía muy bien; pero antes de que hubiera terminado de recitarlo, la niña que estaba al lado de ella tosió, y el pastor R. pensó que le había susurrado al oído el salmo. Sin hacer ninguna pregunta, las cogió por las trenzas a las dos e hizo entrechocar las cabezas de ambas. Sonó un crujido de huesos que nos hizo temblar a toda la clase.

Encontré que eso era demasiado y estallé. Lancé mi libro negro de salmos a la cara del pastor; le dio en la boca. Se quedó atónito y me miró fijamente, pero yo estaba demasiado furiosa para sentir miedo. Le grité que no practicaba lo que predicaba. - No es usted un ejemplo de pastor bueno, compasivo, comprensivo y afectuoso —le chillé—. No quiero formar parte de ninguna religión que usted enseñe. Dicho eso me marché de la escuela jurando que no volvería jamás. Cuando iba de camino a casa me sentía nerviosa y asustada. Aunque sabía que lo que había hecho estaba justificado, temía las consecuencias. Me imaginé que me expulsarían de la escuela. Pero la mayor incógnita era mi padre. Ni siquiera quería pensar de qué modo me castigaría. Pero por otro lado, mi padre no era admirador del pastor R. Hacía poco el pastor había elegido a nuestros vecinos como a la familia más ejemplar del pueblo, y sin embargo todas las noches oíamos cómo los padres se peleaban, gritaban y golpeaban a sus hijos. Los domingos se mostraban como una familia encantadora. Mi padre se preguntaba cómo podía estar tan ciego el pastor R. Antes de llegar a casa me detuve a descansar a la sombra de uno de los frondosos árboles que bordeaban un viñedo. Esa era mi iglesia. El campo abierto, los árboles, los pájaros, la luz del sol. No tenía la menor duda respecto a la santidad de la Madre Naturaleza y a la reverencia que inspiraba.

La Naturaleza era eterna y digna de confianza; hermosa y benévola en su trato a los demás; era clemente. En ella me cobijaba cuando tenía problemas, en ella me refugiaba para sentirme a salvo de los adultos farsantes. Ella llevaba la impronta de la mano de Dios. Mi padre lo entendería. Era él quien me había enseñado a venerar el generoso esplendor de la naturaleza llevándonos a hacer largas excursiones por las montañas, donde explorábamos los páramos y praderas, nos bañábamos en el agua limpia y fresca de los riachuelos y nos abríamos camino por la espesura de los bosques. Nos llevaba a agradables caminatas en primavera y también a peligrosas expediciones por la nieve. Nos contagiaba su entusiasmo por las elevadas montañas, una edelweiss medio escondida en una roca o la fugaz visión de una rara flor alpina. Saboreábamos la belleza de la puesta de sol. También respetábamos el peligro, como aquella vez que me caí en una grieta de un glaciar, caída que habría sido fatal si no hubiera llevado atada una cuerda con la que me rescató.

Esos recorridos quedaron impresos para siempre en nuestras almas. En lugar de dirigirme a casa, donde con toda seguridad ya habría llegado la noticia de mi encontronazo con el pastor R., me metí a gatas en un lugar secreto que había descubierto en los campos de detrás de casa. Para mí ése era el lugar más sagrado del mundo. En el centro de un matorral tan espeso que, aparte de mí, ningún otro ser humano había penetrado allí jamás, se alzaba una enorme roca, de un metro y medio de altura más o menos, cubierta de musgo, líquenes, salamandras y horripilantes insectos. Era el único sitio donde podía fundirme con la naturaleza y donde ningún ser humano podría encontrarme. Trepé hasta lo alto de la roca. El sol se filtraba por entre las ramas de los árboles como por las vidrieras de una iglesia; levanté los brazos al cielo como un indio y entoné una oración inventada por mí dando gracias a Dios por toda la vida y por todo cuanto vive. Me sentí más cerca del Todopoderoso de lo que jamás me podrían haber acercado los sermones del pastor R.

De vuelta al mundo real, mi relación con el espíritu fue sometida a debate. En casa mis padres no me hicieron ninguna pregunta respecto al incidente con el pastor R.; yo interpreté su silencio como apoyo. Pero tres días después el consejo de la escuela se reunió en una sesión de urgencia para debatir el asunto. En realidad, el debate sólo concernía a la mejor manera de castigarme. No les cabía la menor duda de que yo había actuado mal. Afortunadamente, mi profesor favorito, el señor Wegmann, convenció al consejo de que me permitieran dar mi versión del incidente. Entré muy nerviosa. Una vez que comencé a hablar miré fijamente al pastor R., que estaba sentado con la cabeza inclinada y las manos entrelazadas, presentando la imagen misma de la piedad. Después me dijeron que volviera a casa y esperara. Transcurrieron lentísimos varios días, hasta que una noche el señor Wegmann se presentó en casa después de la cena. Informó a mis padres de que se me eximía oficialmente de asistir a las clases del pastor R. Nadie se molestó ni disgustó. La levedad del castigo implicaba que yo no había actuado mal. El señor Wegmann me preguntó qué pensaba. Le contesté que me parecía justo, pero que antes de decirlo oficialmente deseaba que se cumpliera una condición más. Quería que a Eva también se la eximiera de la clase. "Concedido", contestó el señor Wegmann.

Para mí no había nada más semejante a Dios ni más inspirador de fe en algo superior que la vida al aire libre. Los ratos culminantes de mi juventud fueron sin duda los pasados en una pequeña cabaña alpina en Aniden. Mi padre, que era un guía inmejorable, nos explicaba algo de cada flor y árbol. En invierno íbamos a esquiar. Todos los veranos nos llevaba a arduas excursiones de dos semanas, en las que aprendíamos el modo de vida espartano y una estricta disciplina. También nos permitía explorar los páramos, las praderas y los riachuelos que discurrían por los bosques. Pero todos nos preocupamos cuando mi hermana Enka perdió el entusiasmo por esas excursiones. A partir de los doce años se le hizo cada vez más desagradable salir de excursión. Cuando llegó el momento de emprender nuestra excursión escolar anual de tres días, en la que nos acompañaban varios adultos y una profesora, se negó rotundamente a participar. Eso debería haber constituido una indicación de que le ocurría algo grave. Habiendo hecho largas excursiones con mi padre, con muy poco alimento o comodidades, estábamos bien entrenadas para esas acampadas. Ni siquiera Eva ni yo entendíamos cuál podría ser su problema. Mi padre, que no toleraba el comportamiento de "mariquita", sencillamente impuso su ley y la obligó a ir.
Fue un error. Antes de salir para la excursión Erika se quejó de fuertes dolores en la pierna y la cadera. El primer día de excursión cayó enferma y entre un padre y una profesora la llevaron de vuelta a Meilen, donde la hospitalizaron. Ése fue el comienzo de años de sufrimiento a manos de médicos y hospitales. Aunque tenía paralizado un lado y cojeaba con la otra pierna, nadie logró establecer un diagnóstico. Sufría tan fuertes dolores que muchas veces, cuando volvíamos a casa de la escuela, Eva y yo la oíamos gemir en el dormitorio. Naturalmente eso nos hacía andar de puntillas  por la casa y mover tristemente la cabeza por la pobre Erika.  Puesto que no lograban diagnosticar su dolencia, muchas personas pensaron que eso era histeria o simplemente una manera de librarse de los deportes y actividades físicas. Muchos años después, la tocóloga que asistiera a mi madre en nuestro nacimiento, se impuso la tarea de descubrir su enfermedad, que finalmente resultó ser una cavidad en el hueso de la cadera. Ahora se sabe que lo que tenía era poliomielitis combinada con osteoartritis. En aquel tiempo eso era difícil de diagnosticar. El doloroso tratamiento a que la sometieron en uno de los hospitales especializados en cirugía ortopédica consistió en obligarla a caminar a largas zancadas por una escalera mecánica. Creían que si hacía suficiente ejercicio dejaría de "fingirse enferma".

A mí me causaba una terrible frustración ver lo que tenía que sufrir. Afortunadamente, una vez que establecieron el diagnóstico y le administraron el tratamiento adecuado, pudo ir a estudiar en uncolegio de Zúrich y llevar una vida productiva y libre de dolor. Pero yo siempre pensé que un médico competente, atento y afectuoso habría hecho muchísimo más para sanarla. Incluso le escribí cuando ella estaba en el hospital contándole mi intención de convertirme exactamente en ese tipo de médico.

Lógicamente, el mundo necesitaba curación y pronto la necesitaría aún más. En 1939 la maquinaria bélica nazi estaba comenzando a poner en marcha su fuerza destructora. Nuestro profesor, el señor Wegmann, oficial del ejército suizo, nos preparó para el estallido de la guerra. En casa mi padre recibía a muchos hombres de negocios alemanes que hacían comentarios sobre Hitler y sobre los rumores que corrían acerca de judíos acorralados en Polonia y supuestamente asesinados en campos de concentración, aunque nadie sabía de cierto qué estaba ocurriendo. Pero las conversaciones sobre la guerra nos asustaban e inquietaban.

Una mañana de septiembre mi ahorrativo padre llegó a casa con una radio, un aparato que en nuestro pueblo era un lujo, pero que de pronto se convirtió en necesidad. Todas las noches a las siete y media, después de cenar, nos reuníamos alrededor de la enorme caja de madera a escuchar los informes sobre el avance de los nazis alemanes en Polonia. Yo estaba de parte de los valientes polacos que arriesgaban la vida para defender su patria y lloraba cuando explicaban cómo morían mujeres y niños en Var-sovia en la primera línea de batalla. Hervía de rabia cuando oía que los nazis estaban matando judíos. Si hubiera sido hombre habría ido a luchar.

Pero era una niña, no un hombre, así que en lugar de ir a pelear le prometí a Dios que cuando tuviera edad suficiente viajaría a Polonia a ayudar a esa gente valiente a derrotar a sus opresores. "Tan pronto pueda, tan pronto pueda, iré a Polonia a ayudar", musitaba.

Mientras tanto odiaba a los nazis, y los odié aún más cuando los soldados suizos confirmaron los rumores de la existencia de campos de concentración para judíos. Mi padre y mi hermano vieron a soldados nazis situados a lo largo del Rin ametrallando a un río humano de judíos que trataban de cruzar para encontrar refugio. Pocos llegaron vivos al lado suizo. A algunos los cogieron vivos y los enviaron a campos de concentración. Muchos murieron y quedaron flotando en el río. Las atrocidades eran demasiado grandes y demasiado numerosas para quedar ocultas. Todas las personas que yo conocía estaban horrorizadas.

Cada emisión de noticias de la guerra era para mí un desafío moral. "¡No, jamás nos vamos a rendir! —gritaba mientras escuchaba a Winston Churchill—. ¡Jamás!" En pleno furor de la guerra aprendimos el significado de la palabra sacrificio. Los refugiados entraban a raudales por las fronteras suizas. Hubo que racionar los alimentos. Mi madre nos enseñó a conservar huevos para que duraran uno o dos años. Nuestro terreno cubierto de césped se convirtió en huerta para cultivar patatas y verduras. En el sótano teníamos tantos alimentos en lata que parecía un supermercado moderno. Me enorgullecía saber sobrevivir con alimentos cultivados en casa, hacerme el pan, preparar conservas de frutas y verduras y prescindir de los antiguos lujos. Era sólo un pequeño aporte al esfuerzo bélico, pero el hecho de ser autosuficientes me producía una nueva sensación de confianza, y después esas habilidades me resultarían muy provechosas.

Si comparábamos nuestra existencia con las condiciones en que se encontraban los países vecinos, teníamos muchísimo que agradecer. En el plano personal vivíamos relativamente tranquilos. A los dieciséis años mis hermanas se estaban preparando para la confirmación, que era un gran acontecimiento para un niño suizo. Estudiaban en Zúrich con el pastor Zimmermann, famoso pastor protestante. Mi familia lo conocía desde hacía mucho tiempo y existía entre ellos un cariño y un respeto mutuos. Cuando se acercaba la fecha de la ceremonia les dijo a mis padres que había soñado con celebrar la confirmación de las trillizas Kübler, lo cual era una sutil manera de preguntar:

"¿Y Elisabeth?"

Yo no tenía la menor intención de pertenecer a la Iglesia, pero el pastor me pidió que le manifestara todas las quejas y críticas que tenía contra ella. Se las dije una por una, desde el pastor R. hasta mi creencia de que ningún Dios, y mucho menos mi concepto de Dios, podía estar contenido bajo ningún techo ni ser definido por ninguna ley o norma creada por el hombre. - ¿Por qué entonces voy a pertenecer a esa Iglesia? —le pregunté en tono interesado. En lugar de tratar de hacerme cambiar de opinión, el pastor Zimmermann defendió a Dios y la fe alegando que lo que importaba era cómo vivía la gente, no cómo rendía culto. - Cada día hay que intentar hacer las opciones más elevadas que Dios nos ofrece —me dijo—.

Eso es lo que de verdad determina si una persona vive cerca de Dios. Estuve de acuerdo, de modo que a las pocas semanas de nuestra conversación el sueño del pastor Zimmermann se hizo realidad. Las trillizas Kübler estuvieron en un estrado bellamente decorado dentro de su sencilla iglesia mientras él, gigantesco frente a nosotras, recitaba un versículo de la Epístola de san Pablo a los Corintios: "Ahora permanecen estas tres cosas, la fe, la esperanza y el amor; pero la mayor de ellas es el amor." Después nos miró, fue poniendo la mano sobre la cabeza de cada una de nosotras al tiempo que pronunciaba una sola palabra, una palabra que nos representaba. Eva era la fe. Erika la esperanza. Y yo el amor. En un momento en que el amor parecía ser tan escaso en el mundo, lo acepté como un regalo, un honor y, por encima de todo, una responsabilidad..."


Annie piensa:

Tres letras: W-O-W.
Juro que prometo que no había leido la manera de narrar de Elisabeth: ¡es lo máximo!.
¿Proyección o coincidencia?.
Es el primer libro en mi vida que quiero leer.  He dicho.

¡Inspiración intravenosa!

(Con permiso, buscaré el libro aunque sea en PDF)

lunes, 12 de abril de 2010

La persona de hoy [1]

Durante este mes, escribiré de personajes que me parecen interesantes, la semana del arte se fué.
Esperemos aprender algo de muchos que han hecho de todo, sin menospreciar a quienes no son notables en las redes del internet. Para muestra, algo internacional que me parece divino...

Irena Sendler


- La madre de los niños del Holocausto -
Cuando Alemania invadió el país en 1939, Irena era enfermera en el Departamento de Bienestar Social de Varsovia el cual llevaba los comedores comunitarios de la ciudad. Ahí trabajó incansablemente para aliviar el sufrimiento de miles de personas tanto judías como católicas. Gracias a ella, estos comedores no sólo proporcionaban comida para huérfanos, ancianos y pobres sino que además entregaban ropa, medicinas y dinero.

En 1942 los nazis crearon un gueto en Varsovia, e Irena, horrorizada por las condiciones en que se vivía allí, se unió al Consejo para la Ayuda de Judíos, Zegota. Ella misma lo cuenta: "Conseguí, para mí y mi compañera Irena Schultz, identificaciones de la oficina sanitaria, una de cuyas tareas era la lucha contra las enfermedades contagiosas. Más tarde tuve éxito en conseguir pases para otras colaboradoras. Como los alemanes invasores tenían miedo de que se desatara una epidemia de tifus, toleraban que los polacos controláramos el recinto."

Cuando Irena caminaba por las calles del gueto, llevaba un brazalete con la estrella de David, como signo de solidaridad y para no llamar la atención sobre sí misma. Pronto se puso en contacto con familias a las que ofreció llevar a sus hijos fuera del gueto. Pero no les podía dar garantías de éxito. Lo único seguro era que los niños morirían si permanecían en él. Muchas madres y abuelas eran reticentes a entregar a sus niños, algo absolutamente comprensible pero que resultó fatal para ellos. Algunas veces, cuando Irena o sus chicas volvían a visitar a las familias para intentar hacerles cambiar de opinión, se encontraban con que todos habían sido llevados al tren que los conduciría a los campos de la muerte.

A lo largo de un año y medio, hasta la evacuación del gueto en el verano de 1942, consiguió rescatar a más de 2.500 niños por distintos caminos: comenzó a sacarlos en ambulancias como víctimas de tifus, pero pronto se valió de todo tipo de subterfugios que sirvieran para esconderlos: sacos, cestos de basura, cajas de herramientas, cargamentos de mercancías, bolsas de patatas, ataúdes... en sus manos cualquier elemento se transformaba en una vía de escape.

Irena quería que un día pudieran recuperar sus verdaderos nombres, su identidad, sus historias personales y sus familias. Entonces ideó un archivo en el que registraba los nombres de los niños y sus nuevas identidades.

Los nazis supieron de sus actividades. El 20 de octubre de 1943, Irena Sendler fue detenida por la Gestapo y llevada a la infame prisión de Pawiak donde fue brutalmente torturada. En un colchón de paja encontró una estampa de Jesús Misericordioso con la leyenda: “Jesús, en vos confío”, que conservó consigo hasta el año 1979, momento en que se la obsequió a Juan Pablo II.

Ella era la única que sabía los nombres y las direcciones de las familias que albergaban a los niños judíos. Soportó la tortura y se negó a traicionar a sus colaboradores o a cualquiera de los niños ocultos. Fue sentenciada a muerte. Mientras esperaba la ejecución, un soldado alemán se la llevó para un "interrogatorio adicional". Al salir, le gritó en polaco "¡Corra!". Al día siguiente halló su nombre en la lista de los polacos ejecutados. Los miembros de Zegota habían logrado detener la ejecución sobornando a los alemanes, e Irena continuó trabajando con una identidad falsa.

En 1944, durante el Levantamiento de Varsovia, colocó sus listas en dos frascos de vidrio y los enterró en el jardín de su vecina para asegurarse de que llegarían a las manos indicadas si ella moría. Al finalizar la guerra, Irena misma los desenterró y le entregó las notas al doctor Adolfo Berman, el primer presidente del Comité de salvamento de los judíos sobrevivientes. Lamentablemente la mayor parte de las familias de los niños había muerto en los campos de concentración nazis. En un principio los chicos que no tenían una familia adoptiva fueron cuidados en diferentes orfanatos y poco a poco se los envió a Palestina.

Los niños sólo conocían a Irena por su nombre clave "Jolanta". Pero años más tarde, cuando su foto salió en un periódico luego de ser premiada por sus acciones humanitarias durante la guerra, un hombre la llamó por teléfono y le dijo: "Recuerdo su cara, usted es quien me sacó del Gueto." Y así comenzó a recibir muchos llamadas y reconocimientos.

En 1965 la organización Yad Vashem de Jerusalén le otorgó el título de Justa entre las naciones y se la nombró ciudadana honoraria de Israel.

En noviembre de 2003 el presidente de la República, Aleksander Kwasniewski, le otorgó la más alta distinción civil de Polonia: la Orden del Águila Blanca. Irena fue acompañada por sus familiares y por Elzbieta Ficowska, una de las niñas salvadas, "la niña de la cuchara de plata".

En el año 2007 el gobierno de Polonia la presentó como candidata para el premio Nobel de la Paz. Esta iniciativa fue del Presidente Lech Kaczynski y contó con el apoyo oficial del Estado de Israel —a través de su primer ministro, Ehud Ólmert— y de la Organización de Supervivientes del Holocausto residentes en Israel. Las autoridades de Oświęcim (Auschwitz en alemán) expresaron su apoyo a esta candidatura, ya que consideraron que Irena Sendler fue uno de los últimos héroes vivos de su generación, y que demostró una fuerza, una convicción y un valor extraordinarios frente a un mal de una naturaleza extraordinaria. Finalmente el galardón fue concedido al ex vicepresidente de los EE. UU., Al Gore.

Falleció en Varsovia (Polonia), el 12 de mayo de 2008 a los 98 años de edad.





Annie piensa:

Leer sobre Doña Irena, es como para enchinarse la pielecita. Y que decir de los NO famosos que han hecho más. Hacer el bien sin ver a quien. Aplauso generoso. Leve gotera llorososa.

jueves, 1 de abril de 2010

El Arte del sarcasmo

Continuando con la semana del arte, algo siendo jueves, esperando las 19:00 horas:



"... Ser Dr. House es como ir por la vida en sentido contrario". - H. Laurie

Babeo comunal.