Cada 28 de Agosto después del medio día, buscaba el momento en el que sabía era la hora del café, la plática y poder llegar a interrumpirla, antes de irme al folklor era imperdonable llegar a un Oxxo (de esos que nadie conoce) y adquirir a los cómplices.
Yo llegaba con el regalo especial, una notita (que muchas veces fue escrita en una hoja de cuaderno, el recibo de compra o en algún volante publicitario callejero) y una rosa; los pasos huecos entre los escalones de madera para subir a su puerta y el escuchar las voces ya me hacían sonreír, a esa hora sus hermanas la acompañaban, mi visita era breve pero muy específica.
Le daba un abrazo enorme de cariño, un beso tronado en su mejilla y sus detallitos, mientras ella se contoneaba como pavorreal colocándolo en el extremo de la mesa donde ya tenía otros obsequios por parte de mis primos que le habían hecho llegar en el transcurso del día.
El presumir siempre fue su debilidad, pero lo hacía tan a su manera que evadía la arrogancia, su naturaleza era hacer muestra a sus hermanas (específicamente a ellas) de los halagos que le hacían sus hijos, sus nietos, sus bisnietos.
Su enorme sonrisa la delataba, la alegría del corazón le salía por los ojos y yo esperaba la frase de años: "AY MI'JITA, BIEN QUE SABES CUANTO ME GUSTAN, LOS VOY A GUARDAR", un abrazo más para que su olor se me impregnara y el beso se repetía antes de irme sin mayor interrupción.
Ay Nani, ¿a dónde te me fuiste para llevarte los Rafaello?
Lo que pasa es que la Annie está pachichi, está pachichi y quiere mimo.


