jueves, 18 de julio de 2013

A-LUZinación

Dicen los que me conocen que por allá de 1990 prefería los vestidos exclusivamente para los domingos de visita, era característico el sonido del guardapolvos al entrar, los vitrales alrededor de la puerta y el trastero de antaño, las jardineras de ladrillo, sin olvidar los espejos tras el comedor, un raro efecto óptico para ampliar espacios, a mi criterio.

Una habitación con muebles en acabados art nouveau, la cocina con ventana a un pasillo lleno de cuchitriles, la estufa de placa reluciente y el área de lavado; la tina a desnivel (la mejor alberca para cualquiera a los cinco años de edad), los utensilios de cocina, lo fascinante de lavar los trastes. Las constantes visitas a Calexico Ca., el peculiar delirio por Vons, Target y todo lo relacionado a tiendas sandieguinas lo más cercanas posibles.

Después de todo, el tiempo y la osadía de la convivencia/complicidad me hace creer que las pláticas, los momentos en unión, las lágrimas y las carcajadas daban herramientas para lo siguiente.

Curiosamente el encontrarle un mejor modo a las cosas es en lo que he venido enfocando el aumento de mis lentes, sobre todo cuando no se está en convergencia con diversas situaciones. El asunto es que no puedo dejar de vivir mis cinco minutos de anarquista por excelencia, adolescente en conflicto, pankilla, or something like that, luego se acumula y vienen los popocatepetlazos.

Por aquellos años una noche, mientras dormía en aquella casa de los recuerdos, en una de mis habitaciones favoritas, nos dimos cuenta que era tan pequeño mi tamaño que, aún con una edad considerable, me tocó dormir en una cuna con barandales de aluminio, cuan cunero del Seguro Social. Era inevitable el temor a caer pero mágica la escena de Peter Pan donde unos estaban en el suelo, otros en un sillón, otros en una cama y yo en la temblorosa cuna.

A la mañana siguiente el manjar de los Dioses: huevitos estrellados con jamón, frijoles, papas fritas y las suculentas, deliciosas y jamás repetibles tortillas de harina, obviamente todo acompañado de  ketshup, ¿existe otro condimento para ese desayuno?.

La diversión matutina que se reducía a ver las caricaturas en una televisión de piso, comúnmente eran en el canal trece de Yuma Ar., en inglés muy bilingües esos Tom y Jerry, de cualquier manera lo entendíamos perfecto.

La hora de la despedida ocasional, la persignada y el regreso a la realidad: volver a casa.

Los tiempos fueron transcurriendo, la mudanza obligatoria y el reencuentro: tener la posibilidad de no depender de nadie para ir, ahora al nuevo nidito lleno de Luz. Era memorable el reacomodo de mobiliario y la similitud con aquella casa de los recuerdos, el trastero parecía haber estado donde mismo siempre, solo que en esta ocasión era una hermosa casita de muñecas, en tono blanco (mi favorito) y detalles en tonos lilas, una feminidad y coquetería digna de quien la habita.

El plástico transparente cubriendo al mantel de tela sobre el comedor de madera, el café instantáneo sin cafeína en el refrigerador, el mueble giratorio con todo artículo de belleza inimaginable, el laminado causa-corajes despegado en varias ocasiones del piso y la cuchara de madera atravesando las manivelas de las puertas de la lacena evitando que, con un temblor, la vajilla saliera volando. 

Todos y cada uno de los detalles que, sin atesorarlos demasiado, han hecho de ésta, una vida llena de ternura, inocencia y terquedad a la vida.

Ahora que lo pienso un poco, el gusto por habitar entre blanco, la feminidad, la vanidad, lo obsesiva compulsiva, la terquedad, la intuición, la buena organización, los detalles en obsequios, la buena memoria, las sonrisas desmedidas, la inseguridad, la ética, la responsabilidad, el respeto, el agradecimiento, la música, el arte, lo meticulosa, entre muchos adjetivos más, se los agradezco a la mejor maestra sin haber dado clases, quien día a día enlazamos un sentimiento inexplicablemente fuerte, una amistad entrañable y un cariño incondicional. Donde las anécdotas podían ser platicadas un millón de ocasiones pero siempre llevarían un detalle diferente que la enriquecía más, donde las lágrimas tenían la puerta abierta sin límite de tiempo, donde las lísuras se hacían presentes para hacerle saber que la complicidad iba más allá de los chocolates Raphaello® y las rosas en días sin festejos mercadotecnicos.

Probablemente no estamos en la disposición de desprendernos de un ser a quien hemos querido a lo largo de toda nuestra VIDA, depende mucho de nuestra perspectiva de la evolución de los seres a través del tiempo.

Hoy, ese nidito de Luz ha logrado su mayor reto: vencer el miedo. Sus enseñanzas indirectas se siguen fortaleciendo día con día, pues no existe una frase a la que recurra para traerla a pedir de boca, basta su sonrisa. La cofia y yo dejamos de ser trabajo en equipo para convertir una vida compartida en los mejores recuerdos.

Si me duelen los ojos de pipisca es por no verla, si me duele el corazón es por el deseo desbordante de bienestar.

Nannie, la mejor plática contigo y Don Té de Manzanilla.


"A lo que la gente llama despedida, la Annie lo llama mariposa".
(Vuela, llénate de la dicha que lleva tu nombre: llénate de Luz)



Perdona, no lo siento, LA SIENTO.

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