- No todo en la veterinaria son perros -
Ari, la muchacha mas ñoña que conozco en esta vida, baila conmigo, estudia veterinaria y tiene una manera muy peculiar de estudiar: se lleva sus apuntes y entre baile y baile de los ensayos repasa los mil dibujos en su cuaderno con mil colores y post-it's.
Nos dice en que tema va y yo siempre me río de ella porque nunca le entiendo. Eso de las bacterias y los millones de microbios que tienen los animalitos solo me hace dudar de los perros en mi casa y confirmar que a la Bastarda* no la quiero pero ni tantito.
El otro día Ari me contó de lo más feliz, de lo mas emocionada y de lo mas sonriente algo que a mi me pareció la cosa más trágica en contra de la dignidad de un animalito: hizo su primer exámen rectal a una vaquita, a una pobre e inocente doña leche. Ari tenía una cara de alegría como si le hubieran dicho que tenía boletos gratis para concierto de Ricky Martin en primera fila, como si le dijeran que regresaba a Cuba gratis, una cosa así bien exagerada de feliz y emocionada.
Yo la verdad no me pude poner igual de emocionada como ella, pero traté de entender su sentir como cuando yo abrí Photoshop sin miedo y pude superar el pánico a los layers.Me enorgullezco de Ariana por su avance escolar, porque le emociona, gusta y apasiona su profesión y pues porque su mano ya no es virgen.Perdón Vaquita Moo, no puedo decir lo mismo de tí.
La Bastarda* es la perra que vino a quitarme del árbol genealógico de mi familia, que en realidad se llama Charmin y mi mamá la mima mas que a mi por sobre todas las cosas.




La confesión de hoy es algo que me aterra, algo que me preocupa, algo que me angustia tanto como para no cenar ni desayunar:

